
Cada sorbo te lleva a un viaje a través de la tradición y la sabiduría ancestral.





Bienvenida

Nuestros mezcales nacen del maguey Cupreata silvestre, cultivado en las laderas, cerros y barrancas del Centro del estado de Guerrero, donde la lluvia lo alimenta, el sol lo acaricia y la tierra lo templa. Tarda entre 8 y 12 años en madurar, y solo entonces, cuando ha cumplido su ciclo, se entrega al fuego en horno cónico de tierra o piedra. Después, se rompe —a golpes de hacha en canoa o por máquina desgarradora— y se deja fermentar en tinas de madera. La doble destilación en alambique de cobre —una para nacer, otra para refinarse— da forma a estos destilados. Los maestros mezcaleros Carlos Ramírez y Gerardo Celino guían estos procesos con sabiduría, paciencia y respeto por los ritmos de la naturaleza. Su oficio es conocimiento, es ceremonia, es inspiración.
🌿 100% orgánico por naturaleza, el Cupreata no conoce fertilizante ni riego artificial. Su crecimiento lento y salvaje le otorga una fortaleza herbal, con notas herbáceas, de tierra húmeda, resina de encino y cítricos verdes. Al olfato, revela aromas de cáscara de toronja, humo suave, flor de campo y piedra caliente. La magia de los maestros mezcaleros le dan los matices y toques finales que resultan en la armonía de olores y sabores de estos robustos destilados.
🔥 En boca, su textura es untuosa y vibrante, con un retrogusto largo que evoca madera, sal de mina, y un dejo mineral que permanece como eco ritual. Cada lote es una ofrenda: cocidos en horno de tierra y de piedra, molidos a mano y con máquina, fermentados en tina de madera, y doblemente destilados en alambique de cobre. Estos mezcales que no se toman, se degustan.
🌀 Para degustarlo, no hay prisa; tómalos despacio, a besitos, paseándolo por la boca, dejando que el espíritu del maguey se revele a tus sentidos.
Fotos:
Mtro. Gerardo Celino y
Mtro. Carlos Ramírez

Nuestros mezcales


Metskali: Casa de la luna, licor de agave que cuando se destila se le llama mezcal (Diccionario Náhuatl-Español Aulex).
Donde canta el maguey y la luna descansa sobre los cerros, nace Metskali: espíritu de Cupreata, raíz de Guerrero. En el corazón del estado de Guerrero se elabora este mezcal joven por manos del maestro Carlos Ramírez, tercera generación de maestros mezcaleros. Su oficio no se aprende en libros, sino en el monte, entre pencas y silencios. Es un saber heredado con paciencia, con el calor del horno de piedra, y con profundo respeto por los ciclos de la naturaleza.



Desde Apango, Guerrero, bajo la mano experta del maestro mezcalero Gerardo Celino, nacen los mezcales ¡AY, NANITA! y ¡AY, NANITA! Recargado, dos expresiones intensas y profundamente arraigadas en la tradición. Elaborados con agave Cupreata y destilados artesanalmente hasta alcanzar los 50 grados o más de alcohol, ambos mezcales se distinguen por su robustez, cuerpo y una profundidad de sabores que evocan tierra, humo y memoria. ¡AY, NANITA! ofrece una entrada firme y ritual, mientras que el Recargado lleva la experiencia al límite, con una potencia que exige respeto y celebra la osadía. Son mezcales para quienes buscan carácter, historia y un golpe de sabores en cada sorbo.




ÁNIMAS FRUTALES
Licores artesanales de mezcal




Así nacen nuestros mezcales
En los montes de Plan de Guerrero y de Apango, región Centro de Guerrero, comienza el ciclo vital del agave Cupreata. Cada planta que da vida a nuestros mezcales nace de una semilla diminuta, sembrada con esperanza y sabiduría.


El momento más delicado: la germinación. En camas húmedas y fértiles, las semillas despiertan. Pequeños brotes verdes emergen del suelo, aún con el cascarón negro adherido a sus puntas. Este es el instante en que la tierra y el tiempo hacen pacto: nada se apura, todo se cuida. Cada brote es una promesa. No hay mezcal sin paciencia.


En bandejas blancas, los agaves jóvenes crecen bajo sombra y vigilancia. Aquí se les enseña a resistir, a estirarse hacia la luz, a formar raíces fuertes. Este vivero es escuela y refugio: cada planta es observada, regada, protegida. El Cupreata no se improvisa; se cultiva con método y cariño.
Del vivero al monte
Una vez que las plántulas de agave Cupreata han crecido lo suficiente en el vivero, comienza una nueva etapa: el traslado hacia los montes y campos, donde echarán raíces definitivas. Este momento es logística, esfuerzo colectivo y ceremonia. Es el agave saliendo de su infancia para encontrarse con el paisaje que lo formará y le dará carácter.


El terreno dicta el método del traslado. Las camionetas cargan bandejas repletas de agaves jóvenes, acomodadas con precisión sobre la cama del vehículo. Cada planta viaja como pasajera de un destino ritual. Pero cuando el camino se vuelve vereda, cuando el cerro exige respeto, entran las bestias: burros y mulas que conocen cada vereda, cada piedra.
Camionetas y bestias: dos formas de andar en campos y montes; el transporte motorizado y la persistencia de la tradición animal. Un productor guía a sus animales por senderos estrechos, cargando canastas donde transporta las plántulas para su trasplante. Es una escena que parece detenida en el tiempo, pero que sigue viva, útil, necesaria.
Madurez y cosecha




Ya en el campo, las plántulas son colocadas con cuidado en surcos preparados. Cada una se acomoda mirando al sol, con años por delante y espacio para crecer. El trasplante no es solo agrícola: es territorial. El agave empieza a dialogar con el clima, el suelo, los insectos, los silencios del monte... Aquí empieza la espera larga, de 8 a 12 años hasta su madurez.
Labrado del maguey: el corazón se revela
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En las agrestes laderas del Centro del estado de Guerrero, donde el sol parte la tierra y el viento silba tonalidades nostálgicas, comienza el rito del labrado. Aquí no hay máquinas ni prisa: sólo manos curtidas, coas gastadas, y la tenacidad de quien sabe que cada maguey guarda un universo de texturas, olores y sabores.





El jimador se planta frente al maguey como quien saluda a un viejo conocido. Con la coa de jima, va desnudando la planta hoja por hoja, hasta que emerge la piña: ese corazón fibroso, verde y blanco, que será cocido, molido, fermentado y destilado para convertirse en mezcal.
Cada corte es una decisión. Cada penca que cae es una despedida. La coa, blanquizca por el uso, brilla en su filo como si recordara todos los magueyes que ha cercenado.
Preparación de piñas
Después del corte, las piñas del maguey Cupreata, ya desnudas de pencas, se apilan bajo sombra rústica, esperando su destino. Cada una fue arrancada con respeto, y ahora se acomoda como si supiera que el fuego la transformará.


Los hombres las cargan, las mueven, las acomodan. No hay prisa, pero sí ritmo. El horno cónico de tierra ya está listo: en su fondo, piedras calientes esperan como ancestros encendidos. Las piñas se colocan con cuidado, formando una pirámide vegetal que será cubierta con bagazo, tierra y manta.
Preparación del horno de tierra
Antes de que las piñas entren al horno, el maestro prepara el alma del cocimiento: leña, fuego y tierra. Este momento es crucial. Aquí se define el sabor, el humo, la memoria. El calor lento, profundo, las cocinará por días.
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El maestro mezcalero se encarga del acomodo de la leña de guamúchil y de la cobertura con piedra, el horno cónico queda encendido. Una vez colocada, se le prende fuego. Las llamas bailan entre los troncos, y el humo comienza a contar su historia.
Cuando el fuego alcanza su punto, se cubre con piedras volcánicas. No para apagarlo, sino para transformarlo. Las piedras guardan el calor, lo reparten, lo sostienen. Son ellas quienes cocerán las piñas durante días, en un abrazo lento y profundo.
Cocimiento de piñas
Este momento es sagrado. Aquí se define el carácter del mezcal: su humo, su dulzura, su alma



Tras el acomodo de la leña verde de guamúchil y la cobertura con hojas de palma, mantas y tierra, el horno cónico queda encendido y sellado con bagazo, manta y tierra.
Es entonces cuando los rostros se acercan: jimadores, acarreadores, juntadores… todos se reúnen para celebrar la faena. No es sólo trabajo: es ceremonia.
La cosecha del maguey cocido
Durante días, el calor profundo cuece las piñas lentamente, sin prisa. El humo se filtra por las rendijas, como si el horno respirara. Cuando se destapa, el maguey ya no es el mismo. Las piñas cocidas, negras, caramelizadas, huelen a monte dulce, a tierra y a humo nostálgico. Al tocarlas, se deshacen como fruta madura; al probarlas, se deleita el paladar.



Después de varios días de cocción (el tiempo exacto es parte de los secretos de los Maestros Mezcaleros), llega el momento de destapar el horno. El esfuerzo es grande, pero la recompensa es dulce. El maguey ha pasado de ser una fibra dura a una rica y jugosa 'piña' con un color caramelo oscuro.
Al destapar el horno, el vapor aromático es la prueba de que el tiempo ha hecho su trabajo. Lo que emerge son piñas de maguey tiernas y suaves, impregnadas de un sabor dulce y ahumado inconfundible. Este es el resultado que buscábamos: el maguey Cupreata cocido a la perfección, listo para ser molido y fermentado.
Este paso marca el inicio de la molienda, pero también el fin de una etapa alquímica. El maguey ha sido cocido, caramelizado, transformado. Ahora está listo para ser triturado, fermentado y destilado.
Martajado a mano (en canoa)
La molienda del maguey cocido es una etapa clave que antecede a la fermentación y destilación.

Aquí, el corazón caramelizado del maguey se somete al martajado: un proceso manual, rítmico y casi ceremonial, donde los trabajadores desgarran las fibras a golpe de hacha, liberando los jugos dulces que darán vida al mezcal. Esta labor se realiza sobre superficies rústicas, de madera o cemento.

Eventualmente se incorpora la máquina desgarradora, que acelera el proceso sin perder el carácter artesanal que define a nuestras marcas. Ya sea en la fuerza del hacha o en el rugido de la máquina, esta etapa representa el tránsito entre la tierra y el espíritu.
Preparando la destilación
Una vez martajado el maguey cocido —ya convertido en fibras dulces y jugosas— comienza la preparación para la destilación, una etapa donde la paciencia, la técnica y el fuego se conjugan.




Las fibras se trasladan cuidadosamente a las tinas de fermentación, donde reposan y se transforman bajo la acción de levaduras naturales, en un ambiente rústico y vivo. El espacio, marcado por muros de piedra y herramientas de oficio, vibra con el ritmo del trabajo manual: cubetas al hombro, palas en mano, y el olor profundo del maguey fermentando.
Mientras tanto, se prepara la leña seca. No cualquier fuego sirve: la destilación exige llama constante, limpia y controlada. La leña se convierte en el corazón térmico del alambique, alimentando el proceso que separará el espíritu, la esencia, del cuerpo vegetal.
En nuestros mezcales, esta etapa es más que técnica: es alquimia rural, donde el tiempo, la madera y el maguey se funden para dar origen al mezcal que habita nuestras tres marcas.
Destilación y emparejado
Este momento es sagrado. Aquí se define el carácter del mezcal: su humo, su dulzura, su alma. El resultado son mezcales robustos, aromáticos y de sabores profundos y brillantes, que forma perlas al caer en la jícara, y cuenta en cada gota la historia completa del maguey: desde la tierra hasta el espíritu de la tierra de Guerrero.



​La primera destilación marca el momento en que el espíritu del maguey se libera. Tras la fermentación, las fibras y jugos se colocan en el alambique de cobre y se enciende el fuego con leña cuidadosamente seleccionada. De esta cocción surge el mezcal de punta, un líquido claro y potente que alcanza entre 70 y 80 grados de alcohol. Es la esencia más pura del proceso: fuerte, aromática, y cargada de memoria vegetal y oficio artesanal.
Luego, el maestro mezcalero inicia el emparejamiento, afinando el mezcal hasta alcanzar el equilibrio deseado entre puntas, colas y cuerpo. En nuestros mezcales, ese punto se sitúa entre los 47 y 53% Alc. Vol., según el carácter de cada marca: Metskali, ¡AY, NANITA! y ¡AY, NANITA! Recargado y la sabiduría de los maestros mezcaleros Carlos Ramírez y Gerardo Celino.